He comentado, en numerosas ocasiones, que el tiempo pareciera escaparse de mis manos.
Dicen que, a medida que cumplimos años, el tiempo corre más y más veloz. No sé si, realmente, existe esa relación entre ambas premisas; lo cierto es que , hace nada era invierno y estamos terminando el verano. Un verano que este año amenazaba con ser eterno. Un buen día, abrí los ojos y estábamos en agosto.
Dentro de un par de parpadeos, comenzará un nuevo curso, curso en el que mi bebé, aquel que hace tres años medía solamente 53 centímetros, se incorpora a la vida escolar de la mano de su hermano, que hace cuatro noches era otro bebé, que, en unos días, cumplirá 7 añitos ya.
No me siento envejecer, en eso tengo suerte. Sigo siendo la misma sin que pese la edad en el ánimo; que afecte a mi físico es otro tema ja ja ja. La gravedad sigue inexorablemente su curso. Es lo que tiene no disponer de un poquito de tiempo para dedicarse a uno mismo, pero, viendo todo lo que hay alrededor, no tengo motivos para quejarme.
Aunque corren tiempos difíciles, a veces muy difíciles, hay momentos en que llego a alcanzar un cierto nivel de felicidad. Voy día a día; intentando exprimir este tiempo al máximo y aunque los peques hacen que sienta ganas de tirarme de los pelos en ocasiones, en otros momentos me quedo observándolos, sobre todo cuando duermen, totalmente embobada y pienso: "yo les dí vida" y, al acostarme cada noche me gusta pensar que, dentro de lo posible, están sanos y son felices.
Tengo una familia maravillosa: tengo unos padres que nunca me abandonan, que me levantan cuando caigo, que me amonestan (sobre todo mi madre) cuando me merezco un buen tirón de orejas y me espabilan para que no deje que la vida me trague. Tengo un hermano genial que, a sus 16 años, se preocupa más de crear música que de ir de baretas, como hacen la mayor parte de sus amigos, que me echa un cable con los niños, que siempre está ahí cuando lo necesito. Tengo un marido al que, a pesar de no poder disfrutar mucho de él, sé que me quiere y que yo lo adoro y tengo dos hijos maravillosos, que son mi motor, la guinda de mi pastel. ¿Se puede pedir más?
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15 de agosto de 2011
11 de agosto de 2010
Para tí, Papá.

Ayer, lo que pudo haber sido un día aciago para mí, tuvo un final feliz.
Ayer pude haber perdido a mi padre, en un terrible accidente de tráfico; a la vista está por cómo quedó el coche.
Es curioso cuando, ante la falta de noticias, una multitud de sentimientos y emociones se amotinan en nuestro interior, y nos damos cuenta de que, en un segundo o, quizá, en milésimas de segundo, nuestra vida puede dar un giro de 360 grados y truncarse de un momento a otro.
Esa falta de noticias desde que supe del accidente, hasta que tuve conocimiento de su estado, se apoderó de mí una impotencia inmensa. No hacía más que intentar transmitirle por mi pensamiento y mis sentimientos, por si eso de la telepatía existe, "papá no me dejes, porque te necesito en mi vida papá, no me abandones". No me salían las lágrimas; los nervios no las dejaban aflorar. No sabía por donde andaba y tan pronto empezaba a hacer una cosa, como me encontraba realizando otra... Si habéis pasado por algo parecido sabéis a qué me refiero.
Unas horas antes, tan felices y contentos, y en un ápice de tiempo, la vida del revés.
Pero tengo que dar gracias al destino, a la vida, a eso que está ahí que hace que las cosas pasen por algún motivo. Era curioso que, hace unos meses, le parecía al hombre demasiado esfuerzo hacer dieta, pero se lo propuso y consiguió adelgazar más de 20 kilos. Esa dieta, aunque parezca un chiste, fue lo que le salvó la vida, pues tuvo que salir por la ventanilla del coche, que había quedado boca abajo. Si no hubiera adelgazado, se habría quedado atrapado. ¿Las cosas suceden por algo?. No lo sé, sólo sé que hoy tengo que dar, como decía la canción, "gracias a la vida que me ha dado tanto".
15 de junio de 2010
¡Ya Somos Mayores!.

Así se despedían esta mañana un grupo de pequeñitos, de cinco años, en su fiesta de graduación. Una fiesta en la que he tenido la inmensa suerte de poder participar, y formar parte de un evento que tanto ha significado para mi hijo.
Obviamente, no publico su foto, porque es un menor, pero si me gustaría contaros como su carita rebosaba felicidad, porque hoy se sentía un niño muy importante y feliz.
Como no podía ser de otra forma, cantaron una canción, con pompones en la mano, sobre todos los colores. A él le tocaba decir la frase "gris la lluvia cuando va a llover", pero su cara distaba mucho de ser gris, irradiaba alegría y emoción.
Posteriormente tenía que decir en pocas palabras, lo que había aprendido a lo largo de sus tres años en Educación Infantil, y como un manojo de nervios, y previo suspiro, recitó con claridad: "he aprendido canciones, poesías casi mil, adivinanzas y números, a jugar y a reír". Nunca me he sentido más orgullosa de algo, ni tan feliz. Era mi hijo, mi chiquitín, que hace tres años, lloraba a mares cada vez que tenía que entrar en el colegio, porque quería que su madre entrara con él. Aquel casi bebé, que de pronto, creció y hoy le decía cantando a su tutora "Adiós, ya somos mayores".
El acontecimiento fue emotivo, no podía ser de otra manera, pero tuve el gusto de sorprender a su profesora dedicándole unas palabras en nombre de las madres de sus alumnos. Palabras que tuve el honor de escribir, y de recitar a pesar de los nervios, pues parecía yo la que se graduaba. Quería hacerlo bien, porque, si bien mi hijo, hoy deseaba que me sintiera orgullosa de él, yo esperaba lo mismo. Pues él fue el primer sorprendido de ver que su madre, de repente, irrumpía en el escenario y se ponía a hablar.
Su profesora, a la que sin duda echaremos de menos, se emocionó y, en ese momento, todas nos sentimos orgullosas de haberla conocido, y haberla tenido como maestra. Es un ser especial, sin duda, que ha trabajado duramente, pues nuestro grupo no ha sido nada fácil de llevar.
Mi hijo parecía un adulto, con ese birrete, y aquella banda con el emblema de su colegio. Estaba orgulloso porque había reunido en su honor a sus cuatro abuelos y a una tía postiza, que es como una segunda madre para mí. El tiempo pasa pronto, y hoy me he dado cuenta de que estos tres años han pasado a la velocidad de la luz. Que mi niño se hace mayorcito y que, dentro de nada será quién me diga: "Mamá, ya soy mayor."
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